Por qué no acaban de funcionar las tabletas en el aula…?

Por qué no acaban de funcionar las tabletas en el aula…?

O el porqué de echarle la culpa al iPad.

¿Por qué?

¿Por qué creemos que el iPad (la tableta) no está cumpliendo con lo que se preveía?

¿Por qué se tiene la sensación de que ha sido un bluff? A raíz de un par de artículos que cuestionan su validez en proyectos de gran envergadura, la compra que están realizando algunos centros e incluso el cambio hacia el modelo Chromebook en otros, me gustaría puntualizar algo que, puede parecer obvio, pero que en realidad esconde causas mucho más profundas.

3H0L8CNXUOLas tabletas, como cualquier otro dispositivo que ha sido introducido en el medio educativo, tiene cierta dependencia de los factores intrínsecos y extrínsecos para su correcta y positiva introducción, uso y evolución.

Uno de esos elementos que intervienen y que generan gran controversia, es el porqué se selecciona una marca y modelo. Algunas personas deciden qué utilizar en base a criterios personales que tienen más que ver con la filosofía del software libre. Otros tienen un criterio más comercial y utilizan el que la editorial les facilite. El tercer modo de selección tiene que ver más con la preferencia personal del seleccionador. Y el cuarto y último lo hace desde una perspectiva de posibilidades de aprendizaje.

 

Pero esta entrada no va, de nuevo, a hablar de qué plataforma deberíamos utilizar sino de porqué, en algunos casos, no está dando resultado.

Lo que me resulta evidente cuando leo artículos como este, o este otro, es que los dispositivos han entrado en ese entorno de trabajo en su estado más limitante. Me explico. Según el modelo SAMR (Substitución, Aumentación, Modificación, Redefinición) del profesor Puentedura o del modelo más sencillo de Hughes llamado RAT (Reemplazar, Amplificar, Transformar) todo dispositivo en el entorno educativo entra en el contexto para cambiarse por el antiguo… y ahí se queda, en ese mismo uso. Es aquello que llamamos “pongo lo nuevo para seguir haciendo lo de siempre”.

Y eso “de siempre” significan varias cosas:

  • significa que el alumnado sigue realizando las mismas acciones: escuchar, tomar apuntes, estar callado, trabajar individualmente y realizar un examen memorístico por escrito.

  • significa que todos deben hacer lo mismo al mismo tiempo.significa que el formato texto sigue reinante.

  • y significa que el docente sigue siendo la piedra central del proceso.

El hecho de que en los centro sigamos sin cuestionarnos nuestras estructuras da que pensar. Que no nos preguntemos si debemos retirar algunos muros o levantar otros, reubicar espacios o plantear otro tipo de acciones diarias que tiene mucho menos que ver con el texto dice mucho de cómo vemos el aprendizaje.

Que pretendamos seguir trabajando de forma individual y nada más que individual (porque la forma colectiva es anecdótica) porque es lo único que evaluamos y dignificamos no dice nada bueno.

Pero, en este caso concreto, el hecho de que el profesorado prime la posibilidad de escribir sobre teclado como una de las mayores necesidades a las que se enfrenta y por las que no se quiere una tableta, quiere decir que no hemos dado el salto a otra forma de enseñar, a otra forma de mostrar información y seguimos anclados en esa máquina de escribir Olivetti aunque ahora tenga lucecitas y colorines.

Es esencial que el modo texto, o mejor dicho, lo que esperamos que sea esa forma de crear y transmitir información se adecue a los tiempos y necesidades actuales y futuras. Si no es así, nunca creeremos que existe una necesidad de dar a conocer el valor de la imagen, del sonido, del color, la luz o el movimiento como elementos esenciales aprendizaje, como lo fue en su día el texto.

La otra gran causa de que estos dispositivos es haberlos considerado (como se consideró en su momento a las PDI o los miniordenadores -o ladrillos como yo los llamo-) son las falsas expectativas creadas. Es lo que yo denomino “efecto lavadora”: Los hombres tenemos que dar gracias a que existe la lavadora porque nos ha resultado muy fácil para las tareas domésticas -otro gallo nos cantaría si así no fuese- ya que simplemente con introducir la ropa, el detergente, el suavizante y un par de clics más… la ropa sale limpia. Y los docentes esperamos ese mismo efecto con la tecnología… esperamos esa varita mágica que, simplemente accionando, permita al alumnado utilizar la tecnología de forma asombrosa, eficiente y, cómo no!, educativa.
Esas falsas expectativas, que no son culpa del elemento tecnológico, están creando mucho daño.

Pero la tercera gran causa, tiene más que ver con la metodología, otra vez, que con la tecnología. Es la forma de entender que el alumnado tiene que desarrollarse como aprendiz en el más amplio sentido de la palabra. Tiene que utilizar dinámicas activas de aprendizaje no sólo porque es la forma más certera de aprender conceptos y procesos sino por todo aquello que el trabajo individual y (sólo) memorístico no desarrolla. Son todas esas cualidades que requerimos que tengan en el futuro. Esas soft skills o habilidades transversales que me atrevo a decir que son, como poco, tan importantes como los elementos conceptuales. Ese aprendizaje social y emocional tan necesario en este futuro inmediato. Es esa capacidad de resiliencia o la necesidad de entender que nuestra capacidad de aprender no es fija sino maleable, mejorable y superable. Esa creatividad tan maltratada que resulta inexistente dentro de los proyectos educativos ni de los objetivos más ambiciosos. Esas artes que hemos arrinconado y que podemos desarrollar con las tabletas y las apps más increíbles que nos permiten tener una estación de TV en la mano o un estudio de música de cámara.

Cuando ves que lo único que se le pide al alumnado es un dispositivo en el que se incluyen libros digitales que han de cubrir y memorizar para hacer las actividades y los exámenes, sabes que pierden mucho más de lo que ganan y que ese proyecto cae educativamente por todos lados.

Por eso, los proyectos que han nacido desde el cuestionamiento de “qué quieren ser”, “qué quieren hacer” y “cómo lo quieren hacer” son el reflejo perfecto de un proyecto vivo y enérgico en el que la toma de decisiones se realiza teniendo en cuenta todos los parámetros que he comentado y en donde el papel del alumnado es el centro neurálgico de todo y donde, el elemento tecnológico juega un papel completamente diferente y diferenciador.

Es entonces cuando la tableta será necesaria y el elemento tecnológico más disruptivo en la escuela.

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