La infantilización de la educación, la tecnología y el nuevo aprendiz

Olga me ha pasado un nuevo artículo interesante para leer, una vez más consigue hacerme pensar y reflexionar. Como siempre la educación como centro pero también, como talón de fondo, el futuro de nuestros pequeños.

El artículo habla de la infantilización de la educación, en especial relata episodios más o menos esperpénticos relacionados con la universidad, la corrección política y el tipo de persona que estamos ayudando a crear… o más bien que impedimos crecer.

1280px-Tree_houseTambién recuerdo la numerosas ocasiones en las que hablo con ella sobre la educación recibida en su centro de bachillerato hace ya 25 años. Un instituto que, por aquel entonces, trabajaba por proyectos, realizaba debates en los que te debías posicionar cognitivamente y no emocionalmente para poder rebatir posturas con argumentos. Un lugar que publicaba en su propia radio escolar o que trataba temas como las drogas o la educación sexual de forma sana y abierta.

Igualmente me llama la atención sus recuerdos en torno a su periodo en la facultad de medicina en la que, el alumnado, literalmente “vivía” la medicina desde el día 1. Trabajar codo con codo en hospitales tomando decisiones complicadas, pasando por oír a los mejores especialistas en diferentes disciplinas y terminando por realzar sus sesiones académicas en un barracón situado al lado de un hospital infantil para no perder tiempo entre las clases y las prácticas. 

Pero, sobretodo, la posibilidad de asumir riesgos porque su formación, tanto en su formación preuniversitaria como posteriormente en medicina, lo requería.

25 años después no veo un paralelismo en un sistema educativo que nos ha tocado vivir y  que, dice, busca ayudar a las personas a encontrar su lugar. Y mucho menos provocar situaciones en las que se puedan asumir riesgos para producir una aprendizaje real y significativo.

Llevado a niveles educativos menores, como las etapas de infantil, primaria o secundaria no dejamos a nuestros hijos hacerse la menor herida, exigimos explicaciones de porqué nuestro “nano” viene con un rascado en la rodilla por haberse subido a la barandilla o el menor ha encontrado algo en la red que no era “adecuado”: “¿Dónde estaban los profesores? ¿Por qué se le permitió subir? ¿No hay una ley que prohiba esto?”

Los niños han dejado de hacer casetas, subirse a árboles o correr por las calles, usan los ordenadores en condiciones controladas o acceden contenidos previamente filtrados…

Sólo tienen su espacio privado de habitación, las zonas habilitadas para asumir prácticamente cero tiesgos o su móvil personal. Y buscamos la explicación (o la culpa) en la tecnología o en la necesidad de cuidarlos para que no sufran, cuando no es ni una cosa ni la otra la causante sino los tiempos y modos que les dejamos a ellos para experimentar, o dicho de otro modo, primamos la absoluta seguridad del entorno para generar una respuesta controlada en el que no se perciba ni la màs mínima duda de que está dentro de los parámetros más asépticos.

Los niños ya no tienen espacio para crear y arriesgarse, todo está milimétricamente estructurado en estándares y pruebas que (dicen mintiéndose a si mismos) demostrará para qué sirven en la vida y su lugar en la sociedad.

A nivel infantil, las niñas y niños que no usan un palo como juguete, nunca lo convertirán en una espada laser, un cohete o una varita mágica. Los que no juegan en la calle, o no se suben a un árbol o se desarrollan motrizmente dentro de un equipo también perderán las oportunidades que sólo el juego propone. Del mismo modo, únicamente los que trabajan con tecnología de forma creativa y colaborativa, arriesgando y exponiéndose en público utilizando diferentes lenguajes adquirirán una serie de estrategias y capacidades que potenciarán sus talentos.

La herramienta es importante, la oportunidad y el riesgo de usarla lo es todavía más.

Sentir curiosidad es arriesgarse, es provocar cambios y plantearlos, es intentarlo, es errar y aprender, es equivocarse y seguir adelante. Es caer. Es levantarse de nuevo. Es resilicencia.

Para ello, la sociedad, los docentes y el sistema debemos ser capaces de generar esos espacios de riesgos, debemos darles valor y debemos plantearnos qué tipo de personas estamos ayudando a crear. Y ese pensamiento y esa necesidad de arriesgarse debe ir ligado a la ausencia de sobreprotección, a no anteponer lo políticamente correcto y a otorgar a los centros educativos y a los docentes ese margen de confianza y esa posibilidad para que el alumnado también se arriesgue y cuando eso sucede, pueden existir ciertas situaciones en las que haya algún problema pero también enormes oportunidades para desarrollarse de la forma más amplia.



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