Empecemos por cambiarle el nombre

Empecemos por cambiarle el nombre

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Dentro de la función como docente existen diferentes estamentos con los que nos encontramos a lo largo de la vida, aunque pretendes no hacerlo, incluso buscas no tener dicho contacto.

Sí, estáis en lo cierto. Es la administración política y la inspección. De la primera no esperas mucho porque andan ya apurados con sus propios intereses, que pocas veces coinciden con los de tus niños, tu aula o tu centro. Desde el consejero de educación hasta el puesto de jefe de servicio son considerados “discrecionales”… o sea políticos,  y eso significa que aveces juegan para ti y a veces no, ahí lo dejo.

Y luego tenemos a la inspección educativa. La misma que en ocasiones vienen a visitar el centro solicitando las aclamadas “programaciones” que cada vez son más complejas, irreales y menos útiles. Aquellas que solicitan un porcentaje de peso de cada estándar en cada bloque de cada trimestre en cada competencia… vamos un sinsentido.

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La misma inspección que realiza documentación para otorgar más plazas docentes a un centro… nahhhhh, sabéis que es mentira. Normalmente le solicitan de instancias superiores documentación para poder “cerrar” unidades en los centros y eso es lo que vienen a pedir.

Lo curioso del asunto es que los docentes no queremos estar cerca de ellos, saber de ellos y ni siquiera debatir con ellos. Bien es cierto, y siento tener que decirlo así, resulta bastante bajo el conocimiento medio de la administración y de la inspección educativa en cuanto a innovación educativa y los temas relacionados con el papel que deberían jugar en la vida diaria de las escuelas como son: talentos e inteligencias múltiples, mentalidad de crecimiento, soft skills, neuroaprendizaje, tecnología educativa, etc. También tengo que decir que con honrosas excepciones… del mismo modo que existen inspectores e inspectoras que buscan mejorar sus centros más allá de la burocracia que (a ellos mismos) les exigen en una cadena jerárquica de mando que no admite mucha ninguna discusión.

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Más allá de la tesitura -no conozco a nadie que el propio hecho de pensar sobre este encuentro sea algo placentero- de tener que hablar con miembros de la inspección educativa creo que tenemos, tanto los docentes como los inspectores, un debe muy grande en nuestro común factura.

Quiero decir, si todos trabajamos en la misma dirección de cambiar la escuela, ¡espera, espera…! a lo mejor muchos de ellos, al igual que muchos de los docentes (no nos engañemos) no quieren cambiar la escuela, pero supongamos que es así.

Si todos trabajamos en la línea de mejorar la educación e incluir las innovaciones (no tan novedosas ya) en el plano diario de nuestras aulas: metodologías activas del aprendizaje, tecnología, mindfulness, etc. que puedan renovar la educación llevándola a donde debe estar (que no lo está) es evidente que tenemos pendiente entornos de trabajo común de igual a igual, y recalco lo de igual a igual.

Pero también hay que ser coherentes y reconocer que nosotros también criticamos fácilmente a la inspección y no conocemos el nivel de presión a la que se ven sometidos, y alegremente criticamos sus posturas, quizás también porque vemos una falta de empatía por su parte, es posible, pero siendo sinceros tampoco la hemos generado nosotros hacia ellos.

En definitiva, si queremos mejorar nuestras escuelas, es preciso contar con una inspección altamente cualificada en temas metodológicos, de innovación en todos los aspectos que pelee por nosotros cuando queremos arriesgarnos y que estén a nuestro lado cuando queremos realizar cambios profundos en nuestros centros y aulas -incluso navegando contra las propias direcciones o mecánicas de las admnsitración- que impliquen más gasto en recursos humanos y también más apoyo hacia las personas que a nivel individual están tirando de carros hacia estos objetivos (y no, no me sirve lo del proyecto educativo cuando este determina que debemos trabajar con libros de texto)… gran batalla que en la mayoría de las ocasiones está perdida de antemano ante la administración.

Y todos estos pasos no pueden producirse si el sistema les exige a estos profesionales una función únicamente fiscal, tanto de centros como de docentes. No puede ser que las cualidades que se le exigen a estos profesionales sea la de únicamente fiscalizar personas y centros desde las directrices superiores de las consejerías, las mismas que instan a hacer innovaciones varias en multitud de aspectos.

FelixMittermeier / Pixabay

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El papel de la inspección lleva sin alterarse prácticamente 100 años

En la nueva escuela, esa de la que siempre se habla como objetivo a medio plazo y fin ulterior en todo esto de la innovación educativa, han de cambiarse muchas cosas, y quizás el papel de la inspección sea uno de los que necesita un vuelta de tuerca más urgente, porque ellos mismos la necesitan y la requieren, no pueden envolverse en un trabajo agotador fiscalizador que seguramente es más necesario de lo que creemos (los docentes no se lo ponemos fácil precisamente) pero es igualmente necesario que pasen a un plano diferente. Necesitamos que tengan un perfil diferente y ellos mismos saben que es necesario un perfil diferente para la nueva escuela, e igualmente es necesario que su trabajo extenuante, siempre gris y nada considerado por nuestra parte no sea lo único a lo que pueden aspirar.

Necesitamos que sean nuestros:

  • mentores
  • tutores
  • facilitadores
  • coaches
  • … (poned aquí lo que consideréis)

Yo propongo que empecemos por cambiarle el nombre ¿qué le ponemos?

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